La cocaína es una sustancia
psicoactiva, es decir que actúa directamente sobre el cerebro, estimulante con
un alto potencial adictivo que actúa directamente sobre el sistema nervioso
central. Su consumo, tanto ocasional como crónico, se ha asociado a importantes
alteraciones neuroquímicas y estructurales del cerebro
Desde el punto de vista
neurobiológico, la cocaína actúa bloqueando la recaptación de neurotransmisores,
que es un proceso normal del sistema nervioso que sirve para apagar o regular
el mensaje entre neuronas, como la dopamina, la serotonina y la noradrenalina.
Esto produce una acumulación en exceso de estas sustancias en el espacio de
comunicación entre neuronas. Este fenómeno genera una hiperactivación del
sistema de recompensa cerebral, que es el mecanismo del cerebro que nos hace
sentir placer para motivarnos a repetir ciertas acciones formado por conjunto
de estructuras y sustancias químicas.
El consumo prolongado produce
alteraciones significativas en estructuras cerebrales clave. La corteza
prefrontal se ve afectada, lo que se traduce en dificultades para la toma de
decisiones, el control de impulsos y el juicio crítico. Asimismo, el hipocampo
presenta procesos de neuroinflamación y reducción de la neurogénesis, que es el
proceso mediante el cual el cerebro produce nuevas neuronas. Esta reducción
afecta a la memoria y el aprendizaje. Por su parte, la región del cerebro
relacionada con las emociones (la amígdala), muestra una hiperactivación
relacionada con el aumento de ansiedad, estrés y conductas paranoides.
Además del deterioro cognitivo y emocional, la cocaína puede afectar sistemas motores, incrementando el riesgo de trastornos del movimiento y enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson. Estos daños neuronales suelen persistir incluso tras la suspensión del consumo, lo que dificulta la recuperación completa del individuo.
En conclusión, la evidencia
científica demuestra que la cocaína tiene un impacto profundo y multisistémico,
es decir que afecta a varios sistemas del organismo al mismo tiempo, sobre el
sistema nervioso central. Sus efectos no se limitan a la adicción, sino que
incluyen un deterioro progresivo de las funciones cognitivas, emocionales y
motoras, así como un mayor riesgo de trastornos psiquiátricos y
neurodegenerativos. Por ello, resulta fundamental reforzar las estrategias de
prevención, detección temprana y tratamiento integral, así como promover la
investigación neurocientífica orientada a mitigar los efectos del consumo de
esta sustancia.
Relacionado con el punto 2 del
tema 7 del libro.
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